CANNES 2016: Andrea Arnold divie a la Crítica con "American Honey" (2016)


 
 
La vida en la carretera no es fácil, y mucho menos si tienes que atravesar los miles de kilómetros que separan distancias diminutas sobre un mapa estadounidense.

 No obstante deambular por el asfalto puede que sea la única manera de vivir si eres uno de esos tipos inquietos y dramáticamente cosmopolitas como los que Jack Kerouac representó con sorprendente voz propia gracias a la imagen de Dean Moriarty, caricatura biográfica de Neal Cassidy, en su novela En el camino (On the Road, 1957).
Los motivos para convertirse en uno de esos vagabundos que, como Star y Jake, se entregan a la espiritualidad y a la generosidad de los desconocidos, sin más pertenencias que las que puedan caber en sus bolsillos ni más pretensiones que las falsas promesas protagonistas de las revistas que tratan de vender a incautos y solitarios personajes, pueden ser tan diversos como inabarcables en una obra de ficción, incluso si esa fuga ha sido movida por un detonante claramente identificable; lo más probable es que dicha motivación sólo haya sido la gota definitiva en un vaso colmado de inseguridades, reproches e inquietudes incomprensibles para el espectador ajeno a un contexto relativamente amplio y preciso.
 
Por este motivo, Andrea Arnold se aleja de explicaciones innecesarias y de desencadenantes hechos pretéritos que, por otro lado, ya había dejado muy bien ejemplificados en anteriores películas como Fish Tank o Red Road. El desencanto por la vida familiar, constante preocupación de la directora, que sobrevuela cada imagen de “American Honey” (2016), parece evidenciar unos serios problemas de disciplina y autoridad propiciados por un ambiente hostil y desestructurado. Los personajes de Arnold parecen sobrevivir a las rutinas diarias con los nervios a flor de piel, en un estado constante de exaltación y agitación nerviosa, siempre preparados para saltar por los aires con cualquier comentario o hecho aislado que provoque una reacción desmedida y que ponga fin a un estado de contención constante e inaguantable.
 
eEs de agradecer el rechazo de la directora por la condescendencia y el falso romanticismo. Su mirada es creíble y sin edulcorantes. Arnold individualiza el objetivo que, de forma mucho más general y pluralizada, utiliza Ken Loach para la composición de sus incorregibles cartas abiertas al sistema. Sin embargo la realizadora peca de futilidad en su estrategia narrativa y se entrega a un montaje hipertrofiado de fast food adolescente. Como si de una Spring Breakers para comerciales de ventas se tratara, la película se deja arrastrar por la histérica adrenalina juvenil y las descargas de testosterona incontrolables. Tres horas a ritmo de 2 Chainz pueden resultar demasiado para un espectador que se conformaba con la clásica escena musical indie bailando uno de los últimos hits de Rihanna. Pero… espera, que también hay de eso.

Comentarios