CANNES 2016: Ken Loach divide las opiniones en la Croisette

 
 
El cine de Ken Loach desprende un romanticismo clásico inapelable, su dramaturgia refleja los tics formales y ortodoxos del representante quijotesco de las minorías, por eso es incapaz de retirarse, como viene anunciando hace ya más de un lustro, por su incapacidad de dejar inconclusa una batalla interminable. Un entrañable personaje a quien, por desgracia, pocos toman ya en serio en sus arrebatos de rebeldía.

En el caso de Loach esta maniobra de descrédito se ha llevado a cabo por medio de una abyecta campaña de ridiculización capitalista, en la que se trataba de tachar como absurdo todo lo que el genial director inglés representaba en sus películas, haciendo que el público se condicionara antes de verlas y las asumiera inconscientemente como los delirios o pataletas de un viejo senil.
Nada más lejos; y es que con I, Daniel Blake, el realizador demuestra tener la mente más lúcida que en toda su carrera, y el pulso más firme si cabe, a la hora de apuntar con implacable puntería contra los oligarcas y déspotas del nuevo mundo.
Es hora de que el estado devuelva a Daniel Blake, quien lleva trabajando 40 años sin descanso, una pequeña parte de lo que el carpintero, obligado a retirarse a causa de un grave problema cardíaco, ha aportado con sus impuestos a lo largo de su vida.
Sin embargo, las negociaciones para que esa ayuda se materialice no parece que vayan a ser sencillas y, Blake, percibirá como su exasperación inicial se verá considerablemente incrementada cuando conozca a una madre soltera que se encuentra en una situación de injusticia similar. Una vez más, el director ofrece una mirada completamente partidista y parcial en la que utiliza uno de los recursos más infravalorados de los últimos tiempos: el sentido común.
Sí, es evidente la demagogia empleada por Loach, pero también es entendible si otorgamos al director que los asuntos concernientes a las pesadillas burocráticas y a la impasividad del gobierno frente a las desgracias de la clase social más humilde sólo son recordados en la necesidad. ¿Y qué pasa cuando las cosas van bien? ¿Quién se acuerda entonces de los perjudicados?
 
 
Con un cinismo cómico muy acertado, y ejecutado de manera impecable por el actor Dave Johns, la cinta comienza con una vitalidad y “buen rollo” que irán perdiendo fuerza progresivamente para rendirse a la desazonadora soledad del marginado. Los fallos sociales del sistema que resultan improductivos y deficitarios son llevados al límite de su paciencia, y etiquetados por números, para aniquilarlos por la vía anímica, con limpieza y de manera invisible.
En una época en la que los superhéroes son glorificados y encumbrados en nuestras salas de cine de manera semanal, donde no existe límite terrenal para buscar el lado correcto de la justicia, y las hagiografías de Batman y Superman se amontonan en todos los formatos en los centros comerciales, son más directores como Loach lo que necesitan las audiencias sedientas de justicia poética porque, aunque ésta nunca llegue, aunque haya que conformarse con un simple y amable gesto clemente de alguien que ha entendido y valorado esa lucha sin cuartel, la batalla de unos pocos es lo que hace que nunca lleguemos a ahogarnos del todo. Ken Loach es el héroe que esta sociedad necesita.

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