Hay películas que sorprenden por su argumento. Otras, por la manera en que cuentan ese argumento. Y después están aquellas que consiguen sorprenderte porque, cuando finalmente descubres de qué estaban hablando, uno no puede evitar preguntarse: ¿y entonces qué película estaba viendo? Algo parecido me ocurrió con “Digger” (2026).
Sobre el papel, la premisa resulta fascinante. Digger Rockwell, un excéntrico multimillonario dedicado al petróleo y a la perforación, es una de esas figuras cuyo poder económico ha terminado convirtiéndose también en poder político. Un hombre acostumbrado a tener recursos, influencia y acceso a los círculos donde se toman las grandes decisiones. Hasta que llega el desastre. Una explotación petrolera en Groenlandia es consumida por metano, provocando una enorme explosión. El cambio climático deja de ser una amenaza abstracta y se convierte en una catástrofe concreta: una gigantesca masa de hielo se dirige hacia Europa mientras el mundo se prepara para afrontar las consecuencias.
Y entonces ocurre lo más interesante. El mismo hombre cuyo universo empresarial está relacionado con aquello que ha contribuido al desastre termina siendo convocado por el presidente para ayudar a solucionarlo.
Ahí hay una película. Y no una película cualquiera. Hay una sátira política, económica y social potencialmente demoledora.
Un multimillonario petrolero convertido en salvador de una catástrofe climática. Un presidente que necesita recurrir a un hombre cuyo propio modelo de negocio forma parte del problema. Un científico intentando advertir sobre las consecuencias mientras el poder político y económico intenta controlar la situación. Y, sobre todo, un protagonista empeñado en controlar la narrativa de aquello que está ocurriendo.
Es una idea magnífica. El problema es que “Digger” parece tener tantas ganas de demostrar que sabe que está haciendo una sátira que, en determinados momentos, termina satirizando incluso su propia sátira. Y entonces llega una de sus grandes revelaciones: aquello que creíamos estar viendo no es exactamente lo que pensábamos. La película incorpora una dimensión teatral y meta narrativa que modifica nuestra percepción de los personajes y de la historia.
Y aquí aparece una pregunta inevitable:
¿Era necesario?
Porque durante buena parte de Digger creemos estar viendo a Tom Cruise interpretando a Digger Rockwell, un magnate petrolero extravagante, poderoso y dispuesto a convertir una catástrofe mundial en otra oportunidad para controlar el relato. Pero después descubrimos que la construcción es mucho más compleja. Cruise interpreta a un personaje. Y ese personaje interpreta a otro personaje.
De pronto, la película que parecía ser una sátira sobre los multimillonarios, el cambio climático y el poder político se convierte también en una reflexión sobre el teatro, la representación y la propia naturaleza de la ficción. Intelectualmente resulta interesante. Pero también puede producir una reacción bastante menos intelectual: "¿En serio?"
Y aquí es donde pensé inevitablemente en South Park. Porque hay algo que Trey Parker y Matt Stone entienden extraordinariamente bien: una sátira no necesita demostrar constantemente que es inteligente. Necesita hacer que el chiste funcione.
South Park: cuando el absurdo dice exactamente lo que quiere decir
Tomemos ´Douche and Turd´:
Una elección escolar se convierte en una batalla política entre dos candidatos cuyo nombre ya contiene el chiste: Giant Douche y Turd Sandwich. Es absurdo. Es infantil. Es vulgar. Y funciona.
Pero detrás de la estupidez aparente hay una observación bastante precisa sobre la política electoral: campañas, presión social, propaganda, identidad política y la idea de que abstenerse también puede convertirse en una posición política. South Park no necesita construir una complicada alegoría. Nos pone delante dos candidatos ridículos y nos dice: "Miren lo que hacemos cuando votamos."
Fin.
O pensemos en ´Margaritaville´, uno de los episodios más brillantes de la serie. La crisis económica se convierte en una especie de religión. Randy intenta encontrar una solución mientras conceptos económicos abstractos son transformados en situaciones absurdas que cualquiera puede entender. La economía mundial puede ser complicada. Una explicación sobre mercados, deuda, consumo y confianza puede resultar aburridísima. Pero Randy Marsh tratando de salvar la economía desde South Park es otra cosa.
La serie convierte lo abstracto en ridículo. Y ahí está buena parte de su inteligencia. Política, poder y celebridades.
´About Last Night...´ hace algo todavía más interesante: Una elección presidencial histórica termina convertida en una película de atracos protagonizada por Barack Obama y John McCain. La política deja de ser solemne y se convierte en espectáculo. Y precisamente porque South Park se atreve a convertirlo todo en una estupidez, consigue poner en evidencia algo bastante serio: la tendencia de la sociedad a convertir a los políticos en héroes, villanos, salvadores o amenazas existenciales. No importa demasiado quién esté en el centro de la escena. La maquinaria del espectáculo político es el verdadero objetivo. Y cuando South Park quiere burlarse de las celebridades, tampoco tiene demasiados complejos.
´Trapped in the Closet´ es probablemente el ejemplo perfecto: Tom Cruise aparece convertido en objeto de una sátira que mezcla religión, fama, poder, dinero y culto a la personalidad. Y aquí existe una coincidencia especialmente curiosa con “Digger”. Iñárritu utiliza a Tom Cruise para desmontar la imagen tradicional de la estrella de Hollywood.
South Park ya había descubierto años antes que una de las maneras más efectivas de desmontar a una celebridad consiste simplemente en colocarla en una situación completamente absurda. Tom Cruise dentro de un armario. No hace falta explicar demasiado. El chiste habla por sí solo.
Y después está el humor negro, quizá aquí es donde South Park se distancia todavía más de “Digger”. El humor negro funciona cuando no elimina la gravedad del asunto, sino que utiliza la risa para obligarnos a mirar aquello que normalmente preferiríamos evitar.
´With Apologies to Jesse Jackson´ es un ejemplo particularmente incómodo. South Park se mete de lleno con el racismo y utiliza un incidente absurdo para mostrar las contradicciones, incomodidades y prejuicios que aparecen alrededor de la utilización del lenguaje y de la discusión pública sobre el racismo. La serie no ofrece una cómoda lección moral. Nos hace reír. Nos incomoda. Y después nos obliga a preguntarnos por qué nos hemos reído.
Eso es humor negro cuando funciona. No consiste simplemente en hacer un chiste "fuerte". Consiste en utilizar la risa para revelar algo que resulta desagradable.
Entonces, ¿Qué ocurre con “Digger” (2026)?
El problema no es que "Digger" quiera ser más sofisticada que South Park. El problema sería pensar que la sofisticación narrativa garantiza automáticamente una sátira más efectiva.
La premisa de "Digger" contiene material para una película extraordinaria: Un magnate petrolero, una catástrofe climática, un presidente, un científico, una corporación, una crisis mundial, una batalla por controlar la información y un hombre poderoso que intenta convertirse en el héroe de una tragedia en cuya génesis participa su propio mundo.
Eso es dinamita satírica. Pero cuanto más se complica la estructura, más se corre el riesgo de que el espectador deje de pensar en aquello que la película quería criticar y empiece a pensar en la propia película.
¿Qué estoy viendo?
¿Quién está interpretando a quién?
¿Cuál es la película y cuál es la obra?
Y cuando esas preguntas empiezan a ocupar demasiado espacio, la sátira puede perder fuerza. South Park, en cambio, suele hacer exactamente lo contrario: reduce, simplifica, exagera, ridiculiza y después dispara.
El multimillonario, el político y el espectador
Hay una ironía particularmente interesante en “Digger”. Su protagonista quiere controlar la narrativa de la catástrofe. Pero la película también parece querer controlar la narrativa sobre sí misma. South Park normalmente no necesita hacerlo. Puede burlarse de políticos, multimillonarios, científicos, religiosos, celebridades, periodistas, activistas y ciudadanos al mismo tiempo. Y, lo más importante, no tiene que decirnos quién es el bueno.
Todos pueden convertirse en el blanco del chiste. Eso permite que la sátira respire porque una de las grandes virtudes de South Park es que rara vez parece decir: "Estos son los buenos y estos son los malos". Con frecuencia dice algo mucho más incómodo: "Miren lo ridículos que podemos ser todos."
Y quizá por eso algunos de sus mejores episodios siguen funcionando años después.
´Douche and Turd´ habla de política.
´Margaritaville´ habla de economía.
´About Last Night´ habla del espectáculo político.
´Trapped in the Closet´ habla de religión, celebridades y poder.
´With Apologies to Jesse Jackson´ habla de racismo y lenguaje.
Cinco episodios, cinco temas enormes y casi todos pueden resumirse en una situación absurda. Esa es la gran lección: la sátira no tiene que explicarse.
“Digger” quiere hablar de poder, dinero, cambio climático, política, espectáculo, narrativa y ficción. Y eso es admirable, pero South Park me recuerda que existe otra posibilidad: hacer que todo eso quepa dentro de un chiste.
Quizá ahí está la diferencia entre una sátira que quiere que pensemos y una sátira que consigue que pensemos mientras nos estamos riendo. Porque cuando una sátira funciona realmente bien, uno no debería salir de ella pensando únicamente:
"Qué inteligente es esto."
Debería salir pensando:
"Me reí... y ahora que lo pienso, esto es bastante terrible."
Y esa, quizá, es una de las razones por las que South Park, con sus dibujos infantiles, su humor vulgar y sus personajes deliberadamente estúpidos, puede resultar en ocasiones mucho más incisivo políticamente que una película de gran presupuesto protagonizada por Tom Cruise. Porque South Park nunca se avergüenza de ser un chiste. Y, paradójicamente, a veces el chiste es la parte más seria de todo.







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