VENECIA: Tibia Recepción para "The Light Between Oceans" (2016)

 
 
Había depositada fe ciega en la sensibilidad de Cianfrance; en su habilidad para el dibujo de personajes en un límite emocional que les hace replantearse sus valores en momentos de crisis.

Tal fue el caso de Blue Valentine, discutida segunda película del director tras más de diez años dedicados al mundo del documental televisivo (y una ópera prima dirigida en el 98) que incluso la Academia y la Asociación de prensa extranjera llegaron a tener en cuenta en sus nominaciones. Tras la infravalorada Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines, 2013), nos llega La luz entre los océanos (The Light Between Oceans), que tristemente confirma una tendencia de este joven cineasta que hasta ahora no había quedado tan en evidencia: los numerosos tics que pueblan sus guiones.
Cianfrance es incapaz de ser imparcial con las acciones de sus personajes y, en consecuencia, actúa como juez moral de los mismos, otorgando culpa, castigo y, cómo no, redención. En esta ocasión, de la forma más estereotipada posible. La sucesión de acontecimientos de La luz entre los océanos es el caldo de cultivo perfecto para prejuicios semejantes: la idílica vida isleña de una mujer que ha tenido dos abortos y su marido, encargado de cuidar el faro, y la casual llegada a las costas de una barca con un fallecido y un bebé aún vivo en brazos.
El resultado son personajes tomando decisiones tan pronto absurdas como egoístas y de las que es difícil sustraerse, precisamente porque no permiten la libertad de decisión al espectador, al que se le intenta imbuir un código moral con calzador. Con el agravante de que la propia novela en la que se inspira la historia se empeña continuamente en lo contrario; con ello nos adentramos en un cuento moral llevado sobre raíles a través de un monótono trayecto.
Tampoco sus actores consiguen elevar mínimamente la propuesta. No existe química entre unos Vikander y Fassbender perdidos. Cianfrance se centra en ellos con mojigatería mediante una infinidad de planos de dos rostros acaramelados en pantalla, cubiertos por ese tipo de fotografía plúmbea; una mirada culminada por una breve escena de cama (dispuesta como reclamo publicitario) requerida para confirmar y subrayar una ‘pasión’ prediseñada. La luz entre los océanos es un folletín, un relato romántico enclaustrado más propio de una traslación de la obra de Nicholas Sparks que de un drama romántico con enjundia. Lástima que ni siquiera Desplat consiga desprenderse de esa pátina edulcorada que exuda esta última y dudosa obra del otrora prometedor Derek Cianfrance.
 

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